Hablar de vida


La muerte, es consecuencia directa de nacer y así, tenemos que enfrentarla. Ya que estás, algún día, te irás. Yo no vengo aquí, a hablar de muerte, vengo a hablar de vida.

Yo llegué al hospital a los quince minutos de que escuchase, una noticia terrible, con muy poca salida o más bien ninguna. La abracé y la convencí para salir de la cama a pasear por el hospital, con la poca fuerza que tenía. Llevaba un pijama color lila y su hijo, como no sabía cómo consolarla, le compró unos zuecos en la tienda del hospital, con la “causalidad” de que los únicos de su número, eran color lila. La palabra cáncer, desapareció de su mente instantáneamente, porque su capacidad de ilusionarse, superaba siempre cualquier expectativa y dedicó el camino de vuelta por entero, a esos zuecos, eran los mejores zuecos que había tenido en la vida y además… ¡conjuntados con el pijama!

Antes de ser novios, fui amiga de su hijo desde la adolescencia, por tanto, yo nunca pasé los nervios del día que conoces a tus suegros, porque era simplemente un estado civil nuevo, Mari Carmen y Antonio, ya no eran los padres de Jose, ahora, eran mis suegros. Nunca sabré a ciencia cierta, cómo se tomó, que esa muchachita, rebelde, ingobernable, que se sube en un tanque y dispara a matar si se meten en su vida o le piden cuentas de algo, que no se maquilla, no tiene ni idea de moda y tiene un problema con las ausencias del hogar y apariciones milagrosas en bares…con ese pedazo de currículum, ahora, era su nuera. Nunca lo sabré, pero puedo imaginarlo, siempre me sentí querida y arropada por ella, con todas mis armadas, te quiero, fue lo último que me dijo, cuando aún podía hablar.

La primera vez que fui a su casa, siendo oficialmente mi suegra, su hijo la llamó desde el manos libres del coche, para decirle que pasaba un momento por allí y “voy con Carla mamá” la respuesta fue…”eh…vale…pues…tarda!” Entendí la respuesta, cuando un domingo por la tarde, me abrió la puerta Ava Gadner, perfectamente peinada, vestida y maquillada, rollo casual-diva en un día cualquiera, que hubiese colado, hasta que vi, que su marido estaba en pijama y sin camisa viendo la tele y abrió los brazos para estrujarme. Antes que mujer, madre, hija, hermana y abuela, era presumida, todo lo demás, podía y debía esperar. Si querías verla sonreír de oreja a oreja, sólo tenías que recordarle lo guapa que estaba.

A ella le encantaba mi puchero, pero era muy buena cocinera y me ganaba fácilmente con su vena mechada, su salpicón de huevas, el conejo en adobo, la sopa de marisco con un trozo de jengibre, sus truchas o las croquetas cuyo empanado pasaba por huevo antes de ponerlas a freír, esas croquetas de madre canaria, que cuentan por tres comidas. Era negocianta desde pequeña, te contaba lo lejos que llegó, desde el mostrador de la tienda de sus padres, hasta ser número uno en ventas en muchas empresas y viajar por medio mundo. Cualquier negocio volvía a ilusionarla y si no era un negocio, daba igual, Mari Carmen, se ilusionaba y desconectaba del mundo real y crudo, con cualquier cosa. Esa ilusión, la llevó mucho más lejos de lo que los médicos pensaron, era una mecha que podía prenderse, con una camiseta nueva, una crema o un libro de recetas, esa ilusión, era su característica innata.

Era una mujer que, pese a una vida llena de historias, jamás vivía en el pasado, todo lo que recordaba no lo hacía con nostalgia, lo empataba rápidamente con la posibilidad (a veces, totalmente nula) de que podía volver a vivirlo o lograrlo, ningún tiempo pasado fue mejor para ella, porque siempre, lo mejor, estaba por llegar.

El día que el oncólogo, la aplastó con un derribo de realidad, mientras veíamos la ciudad desde la cristalera del Negrín, me dijo, que ella entendía que tenía que morirse de algo, pero que, ahora mismo…morirse le venía mal, porque le faltaban cosas por hacer y empezó a enumerarlas, hasta que nuevamente su ilusión le pudo, vio otra vez sus zuecos color lila y de nuevo, no tuvo cáncer ni miedo a morirse, lo primordial, era que le pegaban con el pijama y jamás había tenido unos zuecos como esos.

Lo mágico de Mari Carmen, era que, mientras cumplía años, daba manotazos hacia atrás al contador importante, la cuenta atrás del espíritu. Ella se sentía joven y en base a esto, hoy se ha ido una piba de setenta y nueve años.

Yo he dicho al principio de este texto, que he venido a hablar de la vida, porque su ilusión por vivir no tenía límite y mucho menos tenía edad, sería muy injusto hablar de otra cosa que no sea vida, si hablas de Mari Carmen.

Fotos:
Arriba, Mari Carmen y yo, oficialmente acreditadas como chiquillajas, en un asadero.
Debajo, Mari Carmen y yo, como mujeres adultas a las que han obligado a hablar de la vida…hasta que vio los zuecos.


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