La expectativa


– Crónicas de la mesa contigua-

Tiene entre cincuenta y sesenta años. No es de aquí porque se ha sorprendido de que la estrella Galicia, haya llegado a Gran Canaria. Comparte mesa con un señor de sus mismas características y sorprendido por lo mismo, son españoles, pero él, habla perfecto italiano con los camareros. Les ha explicado, que vivió cuatro años en Nápoles.

Yo estaba en esa mesa, por lo mismo de siempre, voy a leer, mientras el mar rompe violentamente en el risco. Estoy terminando “Entre Visillos” de Carmen Martín Gaite, a mi me llama un libro, cuando conozco, la vida y la angustia, de quien lo escribió. Sin embargo, siempre llevo, en la misma funda del libro, una libreta con un bolígrafo, precisamente por si pasan cosas como esta. Cosas como esta, siempre me pasan.

Ella tiene una melena blanca, impoluta y recogida en una coleta. Los dos guardan silencio, hipnotizados por el atlántico, que hoy está demasiado inquieto.

-Patricia se ha separado del marido- dijo sin dejar de mirar al mar.
-Ah, ¿Si?- le responde él, sin mayor interés.
-Sí, le ha sido infiel dos años, el muy tonto se lo ha contado y ella, lo intentó, pero no ha sido capaz de perdonarle. ¡Vaya tontería! ¡Encima que se lo cuenta!

Volvió a hacerse un silencio, que evidentemente, sólo deseaba él.

-La última vez que hablé con mi hermana Raquel, le conté que me despidieron y no volvió a interesarse más por mí. En cambio, Silvia, que es mi amiga y no mi hermana, ha estado pendiente de mí, hasta que volví a conseguir trabajo-

-Tienes que aprender a bajar tus expectativas a cero, sea quien sea- respondió el, jugueteando con una hoja de rúcula y con el rictus, de quien le acaban de quitar, su momento consigo mismo, con un tema, que sólo acaba de empezar.

Sin duda, esa respuesta, activó un detonador, porque no pararon de discutir más, pagaron discutiendo y se fueron discutiendo, olvidando así, que el mar seguía digno de ser observado y que se puede discutir siempre, pero no siempre se puede ver el mar así.

¿Hasta dónde llegan tus expectativas? ¿Qué es lo que ocurre dentro de ti, cuando no se cumplen? ¿Por qué las expectativas de su amiga por un marido fiel, no valen nada y las suyas por una hermana distante sí? ¿Cuánta es la carga que depositan los padres, en sus expectativas sobre sus hijos? ¿Quién decidió en el día que se creó la palabra decepción, que el parentesco es un agravante? Tengo una mala noticia, el árbol genealógico, es sólo un guion donde caben todos los papeles, las mismas personalidades, que vas a encontrarte fuera de él.

Yo llevo tiempo viviendo sin expectativas (que no, sin ilusión). Una meta, es suponer, que vas a hacer una carrera, en la que nada, ni nadie te va a detener. Yo sólo he hecho una carrera (de correr) en mi vida y me salí del recorrido a tomarme una caña en un bar que estaba abierto. Llegar, llegué, pero no cuando yo se supone que debía, ni como debía. En esa carrera, mi única expectativa era yo, no lo que marcaba mi dorsal, ni lo que esperaban todos mis compañeros de trabajo. Así, mi frustración no tuvo cabida, porque para mí, esa meta y esa expectativa, nunca existió en relación al resto, existía yo, haciendo como que corría. Cuando tu expectativa eres tú, el de ahora, el de hoy…no existe meta ni decepción, existes tu. No estoy hablando de conformismo, porque a inconformista, no me gana nadie, estoy hablando de no depositar, tu ilusión, tu curiosidad y tus ganas, en alguien que no seas tú.

Mientras acababa el texto, vi un telón de agua cayendo sobre el mar, que se acercaba a mí. Interpreté ese telón, como el fin de este acto y este texto. Todo lo que escribí tardó, la duración exacta de un botellín. Si alguien se ha visto retratado y puede reconocerme físicamente, cuando me vea escribir junto a su mesa, que salga corriendo, puede que lo que escriba, arruine sus expectativas, no las mías.

Foto: Una niña, que se parece mucho a mí, con mi nombre y grupo sanguíneo, tiene su ilusión, su curiosidad y sus ganas, depositadas en sí misma, mientras mira el fondo del pilar nuevo. Al fondo se puede ver, que la portada verde de la Casa de Colón, ya tenía colocada toda su ornamenta de piedra de Tirma, pero le faltaba el portón. Ese portón, que vemos hoy, lo compró Néstor Álamo, en el rastro de la plaza de Cascorro en Madrid, lo trajo en barco desde Cádiz y ahora es emblema de nuestra ciudad. Según contó a Luis Armando Doreste, pagó un precio simbólico que nadie le discutió, porque había más hambre, que ganas de discutir. Igual tenían ustedes, otras expectativas, sobre esa puerta…


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