Registro de entrada


Cada semana de mi vida, me tropiezo al menos, con una persona que me odia. Tristemente es algo más común de lo que pensamos. El odio se refleja en el rictus de la cara, el lenguaje corporal y la pésima actuación, porque no hay guion, hay odio. El odio, no tiene premeditación, es explosivo y sale de una caldera que pasa de cero a cien, cuando aparece la situación que lo causa. Premeditar, necesita frialdad y las calderas no se caracterizan por fabricar hielo.

Yo sé que alguien me odia, porque evita a toda costa cruzar su mirada con la mía o trata de forma torpe escenificar un desparpajo y no lo consigue, porque reprime la tensión de querer agarrarme por el cuello. El timbre de la voz de quien te odia, cambia, incluso cuando te dice que te quiere muchísimo, que se alegra por ti, o te saluda efusivamente…las calderas están a tope y esa combustión es una evidencia. Son pocos, pero son y ser, quiere decir, que están y que dedican al menos veinte segundos de su existencia a prender una hoguera innecesaria, porque si cansa encender una barbacoa, una hoguera de veinte segundos, es un chupito de cortisol más tóxico que remover el café con una pila.

Todo el mundo no es consciente de este tipo de sutilezas y no sabe la suerte que tiene de no serlo, porque quienes las recibimos, aunque sea de forma involuntaria, tenemos que hacer un registro de entrada de todo. Tras el registro, tú decides si quieres darle trámite o archivarlo, pero del registro no te salvas.

Nosotros, los del registro, intentamos, a veces sin éxito, otras con triunfo, camuflarnos. Tengo un amigo, que me admite, que vivir, le encanta, pero le duele, porque ser él mismo ante las sutilezas que percibe, implica un juicio social en el que casi siempre pierde, por eso trata de camuflarse en alguien que no se entera de nada, que pasa de todo y finge una sorpresa ante las noticias, que se cree casi todo el mundo menos yo y el resto de registradores.

Camuflarte y desinteresarte para sobrevivir socialmente, es sólo un disfraz, que muchas veces, incluso te obliga a mentir para no sufrir y lo de no sufrir, es relativo, quizá la expresión más acertada, es fingir que no sufres, porque recuerden que el registro no cierra, a más contacto social, más registros de entrada, más trámites, más archivo.

Este texto, va para todos los del registro, somos una minoría afortunada y atormentada a partes iguales. Tu espontaneidad, no cierra ni una puerta, las abre todas, el problema es que tú debes saber dónde entrar. Todas las puertas, no te llevan a un lugar seguro. Todas se abren y ninguna se cierra, porque lo que necesitan es tenerte dentro antes de cerrarse con llave y aislarte. Cuando no sepas qué hacer del todo, quédate en el pasillo a ver qué pasa y si entras y te atrapa, no pasa nada, aprenderás escapismo lo antes posible. En el resto de puertas, entra y sal de todas, quienes las abren, se lo merecen y es una pena muy grande tener miedo a la vida para evitar sufrir, es comprensible, pero evitar el sufrimiento, también es una forma de evitar la vida.

Esconder tu alma, no es tan fácil, de hecho, al final acaba saliendo al escenario, siendo tuyo el show, no defraudes al público. En algún momento, el misterio, se te va.

Canción: Me enamoré de este concierto entero, en especial de esta canción. Me la enseñó un corrector y crítico implacable de mi textos. Ahora se ha rendido y dice que soy artista y el arte es libre. Es su forma de decirme: me rindo contigo.


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