Mi cocina


Hace años, muchos años, cuando yo todavía, no había alcanzado ni la talla 40 de pantalón, me plasmaron en el guion de una peli. Yo ahí no lo sabía, pero ahora, a mis treinta y ocho super hits, entre catástrofes y aciertos, se que soy perfil inmediato de encajar en esas tramas. No hace falta currárselo demasiado, mi forma de responder a las cosas, impredecible, lo mismo caótica que equilibrada, lo mismo armada que entrega pacífica de armas y todas justo cuando no toca hacer eso, me convierten en un personaje de larrrrrrrgometraje cotizado.

En esa peli, por supuesto, era, como no podía ser de otra forma, un ser del averno. Yo me estaba enfrentando por primera vez a casi todo lo que me enfrentaba ahí. No tenía ni idea de nada, todo era nuevo y aparentemente en todo metía la pata, me costó años, muchos años, entender que no era mi culpa y otros tantos, desprenderme de todo lo que me unía a esa compañía cinematográfica. Lo pasé mal porque mi condición de ingobernable, aletargaba mi lado pacífico y cada vez la guerra era más cruenta.

Sin embargo, demasiada gente vio la peli, desde distintos ángulos y no es lo mismo ver titanic en un salón confortable, que en una explanada al sol. En un salón todo te sobrecoge, en una explanada sin sombra, que suerte tienen estos cabrones, que al menos, tienen agua. Nominada al óscar de mejor actriz por maléfica, pasé más de diez años, se dice pronto, pero fueron muchos, muy largos y rodeada de juicios en los que no tenía ninguna posibilidad, no ya de ganar, yo no podía ni pedir abogado.

Todo acabó en mi cocina.

Aquí es donde ustedes se asustan, porque piensan que saqué un cuchillo, pero no, mi cocina es el lugar, donde han pasado casi todos los eventos absurdos o significativos de mi vida. Yo estaba en la cocina, cuando convulsioné de pequeña tomándome un zumo y casi no lo cuento, también en ella, secaba unos platos cuando mi hermano Víctor le contó a mi madre que tenía novia y que era de Agaete (que, en aquel tiempo, era otro país), en la cocina canturreaba mi madre removiendo un caldero descomunal de pescado a la portuguesa porque acababa de ser abuela. En la cocina dejé de ser aprensiva, de ver a mi padre sacar insulina de la nevera, yo le ponía alcohol en el algodón y él se pinchaba tres veces al día, con jeringuilla, como los auténticos. En la cocina, mientras se entendía con la tele, abracé a mi madre, porque acababa de despertarme de soñar que se moría, maldita mi intuición, murió exactamente como soñé, cuatro meses después. En mi cocina, me siento al volver mucho después de la hora en la que dije que volvería, a beber agua como una descosida, repitiendo mentalmente que “esto así no pué seguí”. En mi cocina, me han contado los peores secretos, las mejores noticias, en mi cocina, a veces no pasa el tiempo…especialmente si he cocinado.

Fue en mi cocina, por tanto, donde pude, hace muy poquito, contar mi versión de la peli a un espectador directo, de todo el tiempo que estuvo en cartelera, que se sintió conmovido por mi aguante, por haberme negado a recoger el óscar año tras año y, en especial, por no dejar de proteger jamás a la persona que me unía a ese reparto que casi me quita del mundo. Como todo en la vida, para cuando llega el día en que puedes contar tu versión de las cosas, todo te da igual, ya no sientes nada, únicamente interpretas la cara de quien recibe todas las piezas que le faltaban de un puzzle que nunca acabó. No es cuestión de canonizarse, pero a veces (no siempre) el tiempo te da la oportunidad de situarte, donde tenías que estar, sólo que ese puesto ahora ya te da igual. Que te de igual, es fundamental, significa, que no queda ni rastro de lo que en ese momento te causaba tanto daño sin justificar. Ya no hay daño, ya no hay cabreo, sólo hay cocina y un halo de luz, que nadie puede ver, sólo tú, porque…llegó tu día.

Foto: Típica movida, con la que arreglo el mundo, en mi cocina. Están todos invitados a ver la foto y a leerme, a comer…ya es otra peli.


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