El que pierda, gana.


“Nunca te mira a los ojos cuando te habla, pero sólo ha tenido que escuchar una vez mi nombre, para no olvidarlo más. Parece que no está, pero está. No para de recordar el pasado y sonreír con la mirada puesta en el suelo o en el techo. Al afeitarse, se dejó atrás un mechón de barba justo al final de una patilla. Se pasa constantemente un pañuelo por la nariz y no sabe que yo lo sé, pero le encanta el chocolate.”

Hoy encontré dentro de un libro una servilleta en la que escribí ese párrafo, fechado en enero de este año. Es mi típica servilleta de emergencia, yo vivo algo y tengo que escribirlo, ahí todavía no sé para qué, pero yo sé, que me servirá en algún momento. Ustedes estarán pensando que para qué tengo el block de notas del móvil, pero nada es comparable con sacar estas servilletas de mis bolsillos, libros, fundas de gafas, carteras y sitios absurdos.

Recuerdo que ese día, conocí a quien, a mi juicio, era un niño, jugando a ser adulto. Él se divertía, haciendo gala de que lo importante en el juego es participar, porque ganar, no ganaría. En absoluto parecía un adulto, sin embargo, jugaba a serlo disfrutando de la partida.

Mientras le escuchaba, yo estaba pensado en mis propios juegos, mis propias partidas. En la que me encontraba ese día, no se ha terminado, no tiene instrucciones, ni atajos, todo es sorpresivo, opaco, interpretable hasta el infinito. No es un escape room, es un mind room, así que puede que no tenga meta y sea tan infinito como lamentablemente, puede llegar a ser una mente. Todos hemos empezado partidas en las que a veces tenemos ganas de perder porque estamos agotados, pero una retirada, no es una victoria, es literalmente una retirada. Perder significa que jugaste, con todas las consecuencias, por tanto, aceptaste todas las condiciones, corriste el riesgo y no te queda ni una sola duda de qué podría haber pasado, porque pasó. Perder es de valientes y últimamente, estamos acobardados.

Soy mala estratega, transparente y espontánea, si he ganado alguna vez al cinquillo, ha sido porque el resto estaba borracho. Yo sólo sé cocinar y creo que escribir. Mi cabeza suele ir, como mi pelo, por libre y nadie sabe qué voy a decir o hacer porque, aunque yo te entregue el cronograma de pedradas y silencios que tocan ese día, las voy a mejorar o empeorar fuera de horario, con toda seguridad.

Los reyes me han traído un juego de mesa muy complicado, es una versión actual de jumanji, tiene la jungla, la estampida, las inundaciones y un montón de monos que no me dejan pensar soluciones si no salgo con ellos de fiesta. Tiene pinta de que voy a perder en jumanji, pero cualquier cosa, antes que retirarme sin saber, si soy capaz de nadar cuando llegue la inundación.

¿Qué ocurriría si todos nos tomamos la vida como un juego? Si todos los días lanzas los dados a ver qué pasa… ¿Realmente qué pasa? Si relativizas hasta el punto de que todo sea un avance o retroceso de casillas, hasta ganar o perder, ¿Cambiará algo en nuestro día a día?

Yo pensaba que aquel muchacho, con maneras de niño, estaba jugando a ser un hombre y realmente, aquel muchacho, estaba jugando a vivir. Quizá por eso, sonreía tanto, porque todo era un juego y tomarse la vida en serio es una absurdez de los adultos, que ya no sabemos jugar, ganar, ni perder, como cuando éramos niños.

Foto: Hallazgo casual de una servilleta de emergencia, que evidentemente, de casual, no tiene nada.


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