Esta navidad, me muero.


Hoy unas amigas me incitaron a organizar un almuerzo, repito, organizar yo, que no tengo muy claro cuando queda agua potable en casa. Una cosa, es montar eventos para miles de personas, porque me pagan, pero los almuerzos ya, en este momento de mi vida, que los organice otro. Para restarle drama a que no pensaba llamar para reservar nada, les dije, ¿Pero ustedes no se dan cuenta de que yo me voy a morir ahora mismo? Tengo los días contados, estoy “mu mala” (frase utilizada recurrentemente para no sacar a Polo). Sáquenme por ahí y saquen fotos, porque yo estoy jugando a la ruleta rusa, nivel Trotski, por mí, como si me llevan a un parque y me dan un sándwich mixto, estoy agotada. Ellas se asustaron y empezaron a recordarme lo bonita que es la vida y la de cosas que nos faltan por hacer, pobrecitas, que no saben, que soy hija de alguien que se moría todas las navidades.

Morirse es algo inevitable, nos gusta poco, bueno, no nos gusta nada y además cuando llega la muerte, suele traer como complemento una dosis de tristeza. Sólo en contadas ocasiones, el anuncio de una muerte puede causar risas y este es mi caso.

Mi padre se moría todas las Nochebuenas, sin excepción. Hasta aquí, la frase parece sacada de una peli, pero no, es real y se repetía cada año en nuestra cena, que él, calificaba de “última cena” y nosotros los apóstoles, lejos entonar el “¿Seré yo señor?”, nos partíamos de risa y pasábamos un kilo o le preguntábamos de qué color quería la caja.

En mi casa las cenas de navidad, se celebraban a lo grande, cenando veinte donde cabían diez y uniéndose veinte más de otras casas, cuando terminaban sus cenas, para tomar una copa en la nuestra. En ese marco perfecto, rebosante de público y tras contar los mismos chistes todos los años, mi padre cogía el punto perfecto para convocarnos en la mesa y anunciarnos que lo sentía mucho, pero que el “estaba muy malo” y esta era su última navidad, como mucho llegaba a carnaval y no tenía nada que ver con que no se cuidase en absoluto y empatase fiestas como cables de luz, era fruto del propio azar, que es así de caprichoso y sintiéndolo mucho, se lo llevaba. Cuando terminaba de decirnos esto, tan afligido y peliculero, cogía el timple y se marcaba un “rascayú” como si nada. Mi madre lo miraba indignada, pero en ese indigne iba la resignación de que pese a todo lo quería, lo cierto es que nosotros lo el anuncio de la muerte de nuestro padre, como el discurso del Rey. Nunca una navidad volvió a ser la misma sin mis padres, de hecho, para mí, no ha vuelto a haber navidad.

Mi padre, era bastante navideño, no por la fecha en sí, sino porque le encantaba una fiesta, y la navidad es un pack de brindis y jaleo, que estaba justificado y no tenía que inventarse nada a la vuelta.

Dejando de lado el incidente de anunciar su propia muerte, como quien canta un bingo, algunos años, siendo mis hermanos más pequeños, cuando terminaba la cena, llenaba el coche y hacía una ruta de casa en casa visitando a sus hermanas y a sus tías con el timple para cantar villancicos, acompañado a coro e instrumentos por mis hermanos.

Fue, como hobby, jugador profesional de pelota vasca, época que yo no recuerdo, pero era bastante bueno y ocupó alguna vez la portada de los diarios de deportes. Cada vez que ganaba, invitaba a todo el que se le cruzase y la parranda duraba hasta que el cuerpo aguantase. Una vez me definieron, yo creo a la perfección, porque físicamente soy muy parecida a mi madre, pero la frase exacta fue “Eres tu padre, dentro del cuerpo de tu madre y menos mal que está encerrado ahí dentro o no te vuelvo a ver más”.

Amigo de hacer favores a todo el mundo, en esas fechas, llegamos a tener hasta cinco jamones en casa, que traían para él, un saco lleno de conejos frescos atado a la puerta, dos lecheras llenas de leche recién ordeñada, un cabrito y así un sinfín de cosas, que mis padres repartían entre los vecinos y la familia. Hace algunos años, fui en nombre de mi familia al velatorio de una prima suya, que para él era como una hermana y en cuanto supieron de quien era hija, se hizo un círculo de gente a mi alrededor, porque todos le debían algo a mi padre: su primer trabajo, su primera casa, el dinero para poder casarse, las medicinas que salvaron a su padre, la comida cuando no había qué comer y así, pasé la tarde escuchando, como todos sus primos se avisaban unos a otros, cuando se enteraban de que Paco, había ido a casa de abuela Rosario, porque sabían que iban a pasar la tarde riendo y cantando.

La muerte, sin duda llegó para él, aunque no en navidad y no fue nada cómica, aunque de tanto anuncio, se amortiguó el golpe. Nos instaló genéticamente un GPS, cuya base de datos se compone únicamente de bares, los Sánchez Méndez, encuentran los sitios, usando como referencia el bar que está cerca y no las calles. Le encantaba salir a comer fuera, siempre mejor en barra que en mesa y se conocía hasta el último cafetín de la isla.

De mi padre se podrán decir mil cosas buenas y malas, coincidiremos más o menos, pero aburrido, seguro que no era.

Tranquilos, que no me muero, mañana de nuevo, levanto el país. No tengo muchas fotos de mi padre conmigo, llegué tarde, le venía fatal a sus planes vidorrescos tener una niña pequeña, que encima era el quinto hijo, por eso siempre me miraba con cara de…»Qué graciosa es la jodía, pero que cansado estoy». Por tanto, usaré esta, que unifica mi cara, mi cuerpo, mi forma de ser y mis lugares favoritos.

Lolina y Viñoly en la cantina del Club Las Palmas

6 respuestas a “Esta navidad, me muero.”

  1. Qué maravilla, Carla. Eres tan descriptiva, sensible, recordona, disfrutona…… cómo has plasmado siempre la idiosincrasia de tus padres, de nuestra Lolina, tus tías, tu gente!
    Me chifla. Te quiero

    • Anita, hay que quedarse siempre con lo bueno del pasado, porque ya en el presente cruzcampo hace cosas malas todos los días. Yo también te quiero muchooooo!!!!

  2. Grande el texto, grandes tu padres y perfecta la definicion de tu persona.

    No dejes de escribir nunca, pq por muy corto que sea cualquier relato, siempre consigues transportar al lector.

    • La definición es muy precisa, usted conoce muy bien a quien la hizo. La hizo un señor que en todas mis desapariciones misteriosas, sabía que al final me encontraba en el bar. Le daré una pista, a ese señor,suele encontrarselo en el espejo habitualmente.

      Algún día me cansaré de escribir, mientras, como siempre, seguiré siendo incontenible, ingobernable y bastante impresentable!

      Un abrazo grande!

  3. Maravilloso Carla… Tus textos hasta tienen aroma, transmiten muchas emociones, tanto que hasta creo conocer a Lolina y Viñoly….
    Besos grandes y no sueltes la escritura, nos llena el alma a quienes te leemos!

    • Si los llegas a conocer, especialmente a Lolina ni pasando cien años de irse, te olvidas de ella, porque fue una mujer muy especial. Me alegro de leerte belleza y espero verte pronto… Que diciéndolo sin hacerlo, llevamos años…muchos besos sin mascarilla ni nah!

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