-Retales y extraños-


Querer hablarlo todo, siempre ha sido uno de mis grandes problemas. Guardar secretos me ha costado carísimo y siempre valdré más por lo que callo que por lo que cuento, pero aún y así lo siento, yo necesito sacar al menos un porcentaje mínimo de lo que hay en mi cabeza, porque no hay hueco ya para tanto disparate. El problema de querer expresarte siempre, es la recepción de bienvenida a ese mensaje, porque expresarte, implica una doble preparación, la de salida desde ti y la de gestionar tu digestión de la llegada o estampe contra quien lo recibe (para que luego digan, que no hago deporte y estoy molida).

La parte que peor se me da de las dos, es la de llegada a destino, normalmente en la recogida de mi expresión, alguien se muere de risa, pero en otras que, conforme cumplo años, noto que van aumentando, la persona que recibe mi mensaje, no entiende absolutamente nada, no le estoy transmitiendo un mensaje, le estoy acojonando y ahí, empieza el desquicie padre que no hay manual de radiotransmisión o telepatía que me lo sepa resolver.

De esa necesidad de querer decir tanto sin ver el arqueo de cejas de quien me recibe, de ahí sale mi facilidad para escribir, porque lo que está en mi sesera rumiándose o sale por alguna vía o se me chamusca el poco pelo que tengo. Por esta razón, creo que no puedo escribir un libro, un libro exige dos cosas, que en mi vida, como en el 23F, ni están ni se les espera, constancia y disciplina, la segunda, por su carencia total, me suele costar cara, moverte por impulsos es carne de betabloqueante en ayunas. Yo simplemente, cuento historias, pero ninguna la invento, para poder contar una historia, necesito que me pasen cosas y conocer gente, lo más variopinta posible, gente mundana, necesito escuchar una “vida a pie de vida”.

Hubo un tiempo, hace años, en que me sentaba a posta con un libro en un banco, pero no en un banco cualquiera, siempre tenía que ser en un banco en el que ya hubiese alguien antes que yo y siempre en un lugar distinto de la ciudad. Si un extraño está en un banco mirando a la nada, le da exactamente igual tu libro, te estaba esperando y no lo sabía. Yo hacía eso, sólo para causar el momento en que esa persona me confía su vida, de extraño a extraño, un compadreo temporal que es maravilloso, porque no vas a volver a verle y ha sido extraordinariamente generoso en darte algo que es tan suyo, que sólo puede compartirlo con otro extraño. Escribí un montón de historias a modo de “crónicas sentadas”, que busqué concienzudamente con esos encuentros, pero nunca las puse aquí por miedo a que les reconozcan, me han contado verdaderas barbaridades, esto es una isla y yo tengo un imán para las causalidades. Esto sólo podía hacerlo en un banco, jamás pude hacerlo en un bar, porque siempre vuelvo y también, siempre hay alguien que para nocturnidad y alevosía, me recuerda.

Una frase, un gesto, una forma de mirar a algo o alguien, siempre lo apunto, antes lo hacía en una libreta que llevaba encima, ahora en el móvil, pasan años con esas cosas apuntadas, que tarde o temprano vuelvo a usar, tengo la casa decorada en un diógenes continuo, mitad vegetal, mitad papeles escritos a mano.

Saber la vida de los otros, no es el seguimiento de la familia Pantoja, es situarte y poder transportarte a la cara que ponía aquel niño melancólico al olor del serrín del suelo de los bares, salpicado de caracoles y cabezas de langostino, el sonido del oxígeno de hospital que me hizo creer que había llegado a tiempo y aún estaba ahí o la forma de sujetar las gafas contra la cara, mientras sostienen un cigarro, que tienen las manos que me dan de comer y beber todas las ramas.

Marisol Ayala, me dijo un día, que yo escribiendo, cogía un retal de tela pequeño, con el que el resto sólo limpiaba los cristales, pero yo, con el retal hacía una funda de almohada, un saquito, una cortina, hilados entre sí con el mismo retal y luego, ya cansada de darme caña para que escribiese, añadió… ¿Qué cómo lo haces? Ahí está el tema Carlita, ahí está…que lo haces y no lo haces!!Lo hago y de verdad que a veces, lo hago hasta sin querer, porque desde que sea una obligación ya no podré hacerlo o al menos no igual.

Foto: Instantánea de los dos momentos en los que se desarrollan estas mamarrachadas que luego ustedes para más delito se leen, empiezan en mi desayuno, en la taza de Lolina, con mi gofio de millo (de molino, nunca de supermercado) y se acaban en el único bar del que no me echan porque lo patrocino yo, la azotea de Lolina, incluyendo servilleta escrita que acoge el desborde de mis chifladuras.


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